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Semana 5 - Entre la experiencia y la teoría: comprender antes que explicar

  • 3 mar
  • 4 Min. de lectura

Figura 1. Ilustración conceptual sobre investigación cualitativa y transformación a través del conocimiento.

Nota. Imagen generada mediante inteligencia artificial para fines académicos.


Esta clase empezó incluso antes de que empezara. Yo estaba en programación, así que cuando llegué, mis amigas ya estaban afuera esperando que saliera el grupo anterior. Entramos juntas, nos hicimos atrás y empezamos a hablar un momento mientras llegaba el profesor. Cuando él entró, le dije que podíamos leer mi bitácora. Sí quería que la leyera. Pero no se pudo y terminó leyendo la de Viviana.


Y, la verdad, me alegró mucho por ella. Era su primera vez y eso no es fácil. Mucha gente se queda en su zona de confort, prefiere no participar, no exponerse, no arriesgarse a que lean lo que escribe. Entonces que ella se animara me pareció valioso. Igual, no voy a mentir: sí me quedé con ganas de que leyeran la mía. Yo sí quiero que la lean. Yo sí quiero que me cuestionen. Yo sí quiero ese espacio. Así que voy a seguir insistiendo hasta que me vuelvan a leer alguna vez. Porque si algo tengo claro es que prefiero incomodarme participando que quedarme callada.


Después de eso, el profesor nos preguntó si realmente habíamos visto Avatar. Pero no fue una pregunta superficial. Nos empezó a cuestionar detalles: quién la dirigió (James Cameron), qué pasaba en momentos específicos, qué significaba el proceso de Jake dentro de la comunidad Na’vi. Retomamos las seis preguntas que nos había dejado y las fuimos respondiendo entre todos. Me gustó ese momento porque no era solo “opinar”, sino argumentar desde lo que habíamos observado. Yo amo esa película, la he visto muchas veces, pero esta vez la estaba pensando desde un lugar mucho más analítico: como choque cultural, como proceso de inmersión, como dilema ético.


No hubo tiempo para más lectura de bitácoras, así que empezaron las exposiciones.


Primero pasaron Jerónimo Sicard y Mariana Ortiz con fenomenología. Desde el inicio plantearon algo que me pareció potente: vivir para comprender. No hablaron de medir ni de cuantificar, sino de entender la experiencia desde la perspectiva de quien la vive. Pusieron el ejemplo de estudiantes a punto de graduarse. No interesa el porcentaje exacto que se gradúa, sino qué significa ese momento, qué emociones aparecen, qué miedos surgen cuando se cierra una etapa.


Ahí entendí que la fenomenología no busca generalizar, sino profundizar. Cuando citaron a Edmund Husserl con su idea de “volver a las mismas cosas”, el profesor intervino para enfatizar que se trata de suspender lo que creemos saber y acercarnos a la experiencia tal como se presenta. Y eso me dejó pensando muchísimo. Porque ¿realmente podemos suspender nuestros prejuicios? ¿O simplemente los hacemos conscientes?


También mencionaron la ley del espejo: eso que vemos y juzgamos en los demás habla de nosotros mismos. En ese momento sentí una incomodidad interesante. Si el investigador interpreta desde su propia subjetividad, entonces nunca está completamente afuera de lo que estudia. Investigar no es observar desde una torre; es involucrarse inevitablemente.


Explicaron los pasos del proceso: definir el fenómeno, seleccionar participantes que lo hayan vivido, realizar entrevistas profundas, leer y releer las descripciones, identificar unidades de significado, agruparlas en categorías y finalmente describir la esencia de la experiencia. Me llamó la atención que la escritura no es solo el resultado final, sino el espacio donde ocurre gran parte del análisis. Escribir es pensar. Es volver sobre lo dicho hasta encontrar coherencias que antes no eran evidentes.


Después hicieron un juego que ayudó a aterrizar conceptos. Me gusta cuando las exposiciones no se quedan en teoría, sino que nos obligan a participar. Luego el profesor dio una explicación bastante larga, donde insistió en que describir no es lo mismo que interpretar sin fundamento. Ahí entendí que lo cualitativo no significa improvisado. Hay rigor, pero es un rigor distinto.


Luego pasaron José Clopatosky y Natalia Galindo con teoría fundamentada. El contraste fue interesante. Si la fenomenología busca describir la esencia de una experiencia, aquí se trata de construir teoría a partir de los datos. Nos contaron cómo en 1967 Glaser y Strauss desarrollaron este enfoque estudiando interacciones entre enfermeras y pacientes moribundos, y cómo de ahí surgió The Discovery of Grounded Theory. Me pareció significativo que un método tan estructurado naciera de observar procesos humanos tan delicados.


Explicaron la diferencia entre Glaser y Strauss: uno más abierto, creativo, confiando en llegar sin estructuras rígidas; el otro proponiendo mayor orden metodológico. Esa tensión me pareció muy real. Porque investigar siempre implica moverse entre intuición y técnica.


Cuando hablaron de codificación axial, entendí mejor el proceso. No es solo etiquetar fragmentos, sino relacionarlos alrededor de un eje central. Si aparecen códigos como miedo, soledad, nostalgia o desorientación, el trabajo no termina ahí. Hay que ver cómo se conectan, qué condiciones los producen, qué consecuencias generan. La categoría central integra y articula todo lo demás. Y el método de comparación constante —datos con datos, códigos con categorías— exige una revisión permanente que evita quedarse en lo superficial.


Hicimos el juego de su exposición y luego el control de lecturas en Blocket. Con mi compañera íbamos en puestos altos casi todo el tiempo. Pero faltando menos de un minuto, varias personas nos robaron puntos al mismo tiempo y quedamos en ceros. Me enojé muchísimo. Fue frustrante porque no había forma de recuperarse en tan poco tiempo. Ahora para la próxima clase tenemos que llevar algo —probablemente pan— y no prometo nada, pero si lo llevo será un milagro.


Más allá del juego, lo que realmente me quedó fue algo más profundo. Ambos enfoques, aunque diferentes, reconocen que el investigador no es neutral. Ya sea describiendo experiencias o construyendo categorías, siempre hay una interpretación. Siempre hay una postura. Eso me hizo pensar mucho en el trabajo de etnografía que vamos a hacer con Dana. No es solo elegir un método; es preguntarnos desde dónde vamos a mirar.


Salí de clase con más preguntas que respuestas. Y creo que eso es buena señal. Porque entender metodología no es memorizar pasos, sino cuestionar cómo conocemos lo que conocemos. Me quedó claro que investigar implica tiempo, incomodidad y honestidad intelectual.


Y también me quedó claro algo personal: así como quiero que lean mi bitácora y no quedarme en silencio, tampoco quiero investigar desde la comodidad. Prefiero arriesgarme a incomodarme, a equivocarme, a repensar lo que creo saber. Porque si algo estoy empezando a entender, es que comprender al otro siempre termina moviéndolo a uno también.

 
 
 

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