Semana 10 - Lo que dicen los ojos: entrevistar más allá de las palabras
- 23 abr
- 6 Min. de lectura
Esta clase empezó de una forma bastante extraña para mí. Cuando llegué al salón ya estaban leyendo la bitácora de una compañera y todavía alcanzaba el tiempo para leer otra más. El profesor preguntó quién quería seguir, pero nadie respondió. Yo, sinceramente, estaba en ese punto intermedio entre el cansancio absoluto y una posible disociación académica. Tenía abierto X en el celular, mirando publicaciones sin realmente procesar nada, hasta que de la nada escuché mi nombre.
El profesor había visto mi usuario en la pantalla y me preguntó directamente si yo quería que leyeran la mía.
No tuve mucho tiempo para pensar. Solo dije que sí.
Y así, sin preparación previa ni estabilidad emocional garantizada, terminé escuchando mi propia bitácora frente al salón.
Hay algo extraño en oír en voz alta algo que uno escribió en silencio.
Cuando escribimos sentimos que controlamos todo: el tono, la intención, el ritmo, incluso la emoción. Pero cuando alguien más lo lee, el texto deja de pertenecernos por completo y se convierte en algo compartido.
Eso sentí ese día.
Mientras el profesor la leía, me dio una mezcla entre pena, orgullo y curiosidad. Pena porque siempre hay una sensación mínima de exposición. Orgullo porque sí quería participar y me gusta cuando lo que escribo genera algo. Y curiosidad porque también quería saber cómo reaccionaban los demás.
Hubo momentos donde algunos se rieron, otros donde prestaron más atención y varios comentarios positivos del profesor. Me gustó confirmar algo que ya intuía: escribir desde lo personal no le quita valor académico a una bitácora. A veces la vuelve más real.
Después de eso, la clase cambió de rumbo y entramos al tema principal del día.
El profesor empezó diciendo algo que me pareció clave: muchas personas creen que entrevistar es simplemente tener preguntas buenas. Pero no.
Entrevistar también implica observar, interpretar y saber leer cómo responde la otra persona.
Es decir, no solo hablan las palabras. También hablan:
los silencios
la postura
el tono de voz
la velocidad al responder
la respiración
y, especialmente ese día, los ojos
Ahí entramos al tema de las claves de acceso ocular.
Para explicar el concepto, el profesor hizo una entrevista improvisada con una compañera del salón. Le empezó a hacer preguntas aparentemente simples:
¿Qué hiciste el viernes pasado?
¿Cómo estabas vestida en tu grado?
¿Qué música escuchabas hace unos años?
¿Cómo te imaginas en cinco años?
Lo interesante no era la respuesta en sí. Lo importante era observar qué pasaba antes de responder.
El profesor nos pidió fijarnos en la dirección de la mirada, en las pausas y en el tiempo que tardaba en contestar.
Y ahí fue cuando todos empezamos a notar patrones.
Cuando recordaba algo concreto, movía los ojos de cierta manera. Cuando imaginaba algo futuro, cambiaba la dirección. Cuando dudaba, también cambiaba el ritmo.
Una vez uno empieza a notarlo, ya no puede dejar de verlo.
Nos explicaron que las claves de acceso ocular son movimientos de la mirada asociados a distintos procesos mentales.
Por ejemplo:
recordar imágenes
construir escenas nuevas
evocar sonidos
hablar internamente con uno mismo
conectar con sensaciones o emociones
Lo podemos ver mejor en la figura 1.

Figura 1. Claves de acceso ocular y posibles procesos cognitivos asociados.
Lo que más me gustó fue que el profesor no lo vendió como una ciencia mágica ni como “leer mentes”.
Más bien lo explicó como pistas sobre cómo una persona está procesando información en ese momento.
Y esa diferencia me pareció importante.
No se trataba de adivinar secretos. Se trataba de observar mejor.
El profesor insistió bastante en algo: esto no sirve para decir cosas simplistas como:
si mira a la izquierda miente
si mira arriba dice la verdad
si parpadea mucho oculta algo
Eso sería absurdo.
Cada persona tiene hábitos distintos, contextos distintos y formas distintas de responder.
Lo útil no es aplicar fórmulas generales, sino identificar patrones en la misma persona durante la conversación.
Eso me gustó porque en redes sociales todo lo convierten en “tips para detectar mentirosos”, cuando claramente el comportamiento humano es muchísimo más complejo que eso.
Después vimos unos videos y una explicación curiosísima sobre por qué los seres humanos tenemos tan visible la parte blanca del ojo.
Nos explicaron que, a diferencia de muchos animales, en nosotros es muy fácil notar hacia dónde mira otra persona.
Eso facilita seguir la atención del otro, compartir foco visual y coordinar socialmente.
Nunca me había puesto a pensar que el blanco del ojo pudiera tener tanta importancia en comunicación, cooperación y aprendizaje.
Uno cree que los ojos solo sirven para ver.
Pero también sirven para que otros nos lean.
Luego el profesor pasó a la parte práctica de entrevistas.
Dijo que muchas veces el error no está en la pregunta, sino en la forma de acercarse.
Habló de la posición ideal: no completamente frente a frente como interrogatorio policial, sino en diagonal o ligeramente de lado. Algo más natural y menos invasivo.
También insistió en varias cosas:
mantener contacto visual natural
no invadir espacio personal
no parecer robot leyendo preguntas
observar manos, pies y cambios de postura
no escribir todo el tiempo
Sobre esto último dijo algo muy cierto: si uno se la pasa tomando apuntes sin mirar, rompe la conexión.
La otra persona siente que habla con un cuaderno, no con alguien presente.
Ahí entendí que muchas entrevistas fallan no porque las preguntas sean malas, sino porque el ambiente es malo.
Uno puede tener un cuestionario perfecto, pero si la persona está incómoda, juzgada o cerrada, lo que responde será superficial.
Eso conecta demasiado con la clase pasada sobre rapport.
Primero se construye vínculo. Después aparece la información real.
Después unos compañeros expusieron sobre entrevistas y focus group.
Explicaron que una entrevista individual permite profundizar en una sola experiencia, mientras el focus group aprovecha la interacción entre varias personas.
En grupo aparecen cosas interesantes:
acuerdos espontáneos
contradicciones
contagio de opiniones
presión social
recuerdos que una persona activa en otra
Me pareció interesante porque demuestra que la información cambia según el contexto donde se produce.
No responde igual una persona sola que acompañada.
Nos dejaron aplicar lo aprendido haciendo una entrevista y observando claves de acceso ocular. Decidí hacerlo esa misma noche con una amiga cercana, porque sentí que si lo dejaba para después iba a terminar improvisando todo a última hora.
Busqué un espacio tranquilo y traté de sentarnos en diagonal, como recomendó el profesor.
Empecé con preguntas simples:
¿Qué desayunaste hoy?
¿Cómo estuvo tu mañana?
¿Tuviste clase temprano?
Aquí respondió rápido, casi automático. Mirada relajada, pocas pausas.
Luego cambié a preguntas de recuerdo específico:
¿Qué hiciste el sábado pasado?
¿Qué ropa llevabas en tu último cumpleaños?
¿Cuál fue una salida que disfrutaste mucho?
Ahí sí noté cambios claros.
Antes de responder miraba hacia arriba por unos segundos, hacía pausas pequeñas y luego contestaba con más detalle. Era evidente que estaba buscando escenas internas.
Después cambié a imaginación:
¿Cómo te imaginas en cinco años?
¿Dónde quisieras vivir?
¿Qué trabajo te gustaría tener?
Las respuestas se volvieron más lentas, menos seguras y más construidas sobre la marcha.
Ya no estaba recordando. Estaba creando posibilidades.
Finalmente hice preguntas emocionales:
¿Qué te preocupa últimamente?
¿Qué te tiene cansada?
Aquí bajó la mirada varias veces y cambió el tono de voz.
No sé si eso signifique una regla universal, pero sí mostró un cambio emocional evidente.
Lo más valioso no fue interpretar movimientos oculares como si fueran códigos secretos.
Lo importante fue que observar me ayudó a preguntar mejor.
Cuando veía duda, repreguntaba.
Cuando veía recuerdo claro, profundizaba.
Cuando notaba incomodidad, bajaba el ritmo.
Por ejemplo:
¿Eso lo recuerdas bien o más o menos?
¿Por qué dudaste ahí?
¿Eso lo quieres tú o sientes que toca hacerlo?
Y esas repreguntas abrieron respuestas mucho más interesantes.
Ahí entendí que mirar bien mejora escuchar bien.
También noté un error mío.
Hubo momentos donde estaba tan pendiente de los ojos que casi dejaba de escuchar el contenido.
Eso me enseñó que estas herramientas acompañan la entrevista, pero no reemplazan la conversación real.
Si uno se obsesiona analizando señales, pierde a la persona.
Salí pensando que entrevistar es muchísimo más complejo de lo que parece.
No es sentarse con preguntas y ya.
Es saber crear ambiente, leer silencios, notar tensiones, observar cambios, adaptar el ritmo y repreguntar con inteligencia.
También me dio risa pensar que yo estaba a nada de quedarme dormida al inicio, perdida en X, y terminé escuchando mi bitácora frente al salón y aplicando técnicas de entrevista esa misma noche.
Ahora entiendo algo mejor: cuando alguien responde, nunca responde solo con palabras.
También responde con pausas, con gestos, con incomodidades, con entusiasmo… y con los ojos.
Y aprender a notar eso puede cambiar por completo la calidad de cualquier conversación.



Comentarios