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Lo que vibra más allá del ruido

  • 20 abr
  • 26 Min. de lectura

Salida de campo – 27 de marzo de 2026 – 1

Por Sarita Villarraga Martínez

 

Introducción - Antes de encontrar la señal

El recuerdo es borroso, pero la sensación sigue intacta. Estoy sentada en la sala de mi abuela, frente a una vieja radio de madera que parece más un objeto decorativo que algo funcional.


Giró la perilla con una lentitud casi ritual, atravesando capas de ruido blanco, interferencias y pequeños estallidos de estática. De repente, entre ese caos sonoro, aparece una voz.


Es Andrea Bocelli cantando “Con te partirò”.


Me quedo quieta.


Me invade la sorpresa al notar cómo, a pesar de que el aparato frente a mí no es más que cables, plástico y polvo acumulado, es capaz de capturar algo tan bello que parece no pertenecer a este mundo. La música llena el espacio como si siempre hubiese estado ahí, esperando ser encontrada.


“Es magia”, pensé.


Mi abuela, con una calma que contrastaba con mi asombro, se acercó y me dijo algo que en ese momento no entendí del todo: la música no había aparecido de la nada, siempre había estado en el aire; yo simplemente no había encontrado la frecuencia correcta.


Acerqué el oído al parlante, incluso sabiendo que el volumen era demasiado alto. ¿Cómo era posible no haber percibido antes algo así? En ese instante comprendí, aunque de forma muy intuitiva, que el silencio no estaba vacío, sino lleno de cosas que no sabía cómo escuchar.


Años después, en mi visita a Shalom, esa misma sensación regresó.


Mientras escuchaba hablar sobre dones, energías, conexiones y ese “reino espiritual” del que tanto insistían, no podía evitar pensar en aquella radio. Tal vez no se trataba de creer o no creer, sino de entender que hay cosas que, como esa señal escondida entre la estática, existen independientemente de que sepamos percibirlas.


Tal vez, y solo tal vez, no es que no estén ahí, sino que todavía no sabemos en qué frecuencia estamos escuchando.

 

Capitulo 1 – Demasiado ruido

No recuerdo con exactitud el día en que el profesor nos habló por primera vez de la salida de campo. Lo que sí tengo claro es el contexto: estábamos en clase, escuchando a nuestros compañeros exponer sobre qué era la etnografía, mientras yo, en lugar de concentrarme del todo, tenía la cabeza en otra parte.


Desde muy temprano ese día, mi compañera y yo ya veníamos pensando en lo mismo: ¿a dónde íbamos a ir?


No era una preocupación que hubiese surgido en el momento. En realidad, ya veníamos “preparadas” desde antes. Una amiga que ya había visto la materia nos había adelantado varias de las cosas que se harían durante el semestre, y entre ellas estaba precisamente esta salida de campo. Saberlo con anticipación no nos dio tranquilidad; al contrario, hizo que la duda se instalara mucho antes.


Mientras las diapositivas avanzaban y se hablaba de observación, cultura y análisis, nosotras abríamos otra ventana para empezar a lanzar ideas sin mucho orden.


Queríamos algo interesante, algo distinto, algo que realmente valiera la pena observar.


Pero no sabíamos qué.


Las opciones comenzaron a aparecer casi de forma automática, como si estuviéramos girando una perilla buscando alguna señal clara entre mucho ruido: una tienda esotérica o de productos espirituales; un grupo de motociclistas reunidos en la noche, incluso la posibilidad de carreras ilegales; iglesias de corrientes específicas como evangélicas, cristianas, etc., espacios donde la fe se viviera de forma intensa.


También pensamos en grupos de cosplay o comunidades gamer en eventos; trabajadores de turnos nocturnos, personas que sostienen la ciudad mientras otros duermen, como quienes trabajan en panaderías, vigilancia o limpieza.


La lista seguía creciendo: personas que trabajan en piñaterías, gente que realiza rituales espirituales y, finalmente, una de las ideas que más nos llamó la atención, pero también la que más dudas generaba: personas que viven en la calle.


Era curioso, porque entre más opciones teníamos, más difícil se volvía elegir.


Esperamos al receso para hablar con el profesor. Sentíamos que necesitábamos una especie de validación, como si él pudiera decirnos cuál de todas esas ideas era la “correcta”. Cuando por fin pudimos acercarnos, le contamos todo lo que habíamos pensado.


Su respuesta no fue la que esperábamos, pero fue necesaria.


Nos dijo que le parecía muy bien que desde ya estuviéramos pensando en el tema, que todas las ideas eran interesantes, pero que había algo clave que no podíamos dejar de lado: nuestra seguridad.


Nos puso como ejemplo precisamente la idea de trabajar con personas en situación de calle. No era imposible, pero sí implicaba ciertos riesgos, a menos de que contáramos con alguien que nos introdujera al contexto, un “receptor” que mediara la experiencia.


Más allá de eso, no eligió por nosotras.


Nos devolvió la decisión.


Nos dijo que al final dependía de qué tanto queríamos salir de nuestra zona de confort, de qué tanto nos interesaba realmente el lugar y de qué tanto estábamos dispuestas a enfrentarnos a algo desconocido.


Salimos de esa conversación con más libertad… y también con más incertidumbre.

Pasaron los días, y luego semanas.


Seguíamos buscando.


Mirábamos opciones en internet, preguntábamos, hablábamos entre nosotras, pero nada terminaba de convencernos. Era como si todo se quedara en la superficie. Algunas ideas sonaban bien en teoría, pero en la práctica no encajaban; otras simplemente nos generaban desconfianza.


En más de una ocasión nos encontramos completamente en blanco.


Recuerdo que hubo un momento en el que el profesor preguntó en clase si ya habíamos decidido qué hacer. En ese instante, sentí un vacío incómodo. No teníamos nada concreto. Habíamos pensado mucho, pero no habíamos elegido nada.


Era frustrante.


En medio de esa indecisión, decidimos hablar con otra amiga. Pensamos que tal vez ella ya tendría algo claro, alguna idea más aterrizada. Pero, para nuestra sorpresa, ella estaba en una situación muy similar a la nuestra: tampoco sabía bien qué hacer.


Le contamos todas las opciones que habíamos considerado, esperando tal vez que alguna le hiciera sentido.


Fue ahí cuando mencionó algo diferente.


Nos dijo que conocía un lugar. Bueno, no directamente ella, sino su mejor amiga. Era una especie de tienda, pero no exactamente una tienda esotérica como las que habíamos estado buscando. Según nos explicó, estaba más enfocada en algo específico: la radiestesia.


Esa palabra, en ese momento, no significaba mucho para mí.


Pero sonaba distinta.


Y tal vez eso era suficiente.


Decidimos, entonces, considerar seriamente esa opción entre las tres. Empezamos a averiguar dónde quedaba, cómo funcionaba el lugar, qué había que hacer para poder ir y cómo organizar todo.


Sin embargo, incluso con esa nueva posibilidad, yo no me sentía completamente segura.


Había algo más que estaba influyendo en la decisión, algo más personal: el miedo.


Yo vivo en Cajicá, y aunque no estoy completamente alejada de Bogotá, sí tengo una relación complicada con la ciudad. Me da miedo. No es algo que pueda explicar con total lógica, pero está ahí.


Además, sabía que para mis papás también sería una preocupación. No me gusta hacerlos sentir intranquilos, y mucho menos por algo académico, por más importante que fuera.


Pero, al mismo tiempo, también sabía que si el lugar estaba demasiado lejos, tampoco me iban a dejar ir.


Era como estar atrapada en un punto medio imposible.


Por eso, encontrar algo en Chía o al menos mucho más cerca, no solo era conveniente, sino casi una condición necesaria. Necesitaba sentir que el lugar era accesible, que no implicaba un riesgo innecesario, que podía ir y volver sin que todo se sintiera como una amenaza constante.


La mayoría de opciones que encontrábamos estaban en Bogotá. Todo parecía concentrarse allá: los grupos de motociclistas, las iglesias, las tiendas esotéricas… todo.


Y, cuando buscábamos este tipo de tiendas en internet, la experiencia tampoco ayudaba mucho. Muchos de los lugares que aparecían generaban desconfianza. No parecían seguros, ni claros, ni siquiera reales en algunos casos.


Era como si estuviéramos intentando entrar a un mundo del que no teníamos ninguna referencia clara.

 

Capitulo 2 – La señal aparece

Seguíamos hablando entre nosotras sobre a dónde ir, pero cada conversación parecía terminar en el mismo lugar: la indecisión. Había muchas opciones, demasiadas incluso, pero ninguna lograba convencer a todas al mismo tiempo.


Sin embargo, dentro de ese ruido constante, había una idea que comenzaba a sonar más fuerte que las demás: la tienda de radiestesia.


Laura estaba decidida.


Desde que su mejor amiga le había hablado del lugar, algo en ella parecía tener claro que esa era una buena opción. No sé si era curiosidad, intuición o simplemente ganas de hacer algo distinto, pero mientras las demás seguíamos dudando, ella ya parecía haber encontrado una dirección.


Yo, en cambio, seguía partida en dos.


Por un lado, quería ir con alguna de mis amigas. No me gustaba la idea de hacer la salida sola. Para mí, parte de lo interesante estaba también en compartir la experiencia, en ver cómo cada una interpretaba lo mismo de manera distinta, en comparar miradas, reacciones, silencios. Sentía que la experiencia iba a ser más rica si se vivía acompañada.


Pero, por otro lado, si ellas terminaban eligiendo sí o sí un lugar en Bogotá, probablemente me tocaría hacerlo sola.


Y eso no me gustaba nada.


No era simplemente por pereza o comodidad. Era miedo. Bogotá me impone. Más aún cuando se trata de ir a ciertos sectores o a horas altas de la noche, que casualmente era cuando ocurrían muchas de las actividades que habíamos considerado: reuniones de motociclistas, espacios religiosos nocturnos, encuentros más “underground”.


Sé que parte del ejercicio era salir de la zona de confort, arriesgarse un poco, exponerse a lo desconocido.


Pero yo sentía que había límites.


Y el mío, honestamente, empezaba más o menos después de las cinco de la tarde en Bogotá.


Un día estábamos reunidas en las salas de edición de la universidad, hablando nuevamente de qué íbamos a hacer. La conversación giraba en círculos: que Bogotá sí, que Bogotá no, que esto suena bueno, que esto no convence, que no hay tiempo, que toca decidir ya.


Hasta que dije algo que parecía obvio y que no habíamos hecho todavía:


—Hablemos con la persona de la tienda y miremos qué nos dice.


Hubo un pequeño silencio, como si a todas nos pareciera buena idea al mismo tiempo.


Laura le escribió de una vez. No pasó mucho tiempo antes de que respondiera. Y no solo respondió, sino que dijo que si podía llamarnos.


Ahí cambió el ambiente.


Todas nos miramos con esa mezcla entre emoción y nervios que aparece cuando algo deja de ser teoría y se vuelve real. Una cosa era hablar de “la tienda de radiestesia” como una idea abstracta, y otra muy distinta era recibir una llamada del lugar.


Aceptamos.


Nos acomodamos como pudimos, pegadas al celular, intentando escuchar todas al tiempo. Yo no sabía exactamente qué esperaba escuchar, pero definitivamente no estaba preparada para lo que vino después.


La voz al otro lado de la línea era la de un señor. Curiosamente, todas habíamos imaginado que sería una mujer. No sé por qué, quizá por prejuicio, quizá por asociación con la imagen tradicional de “lo esotérico”.


Pero no. Era un hombre con una voz tranquila, segura y bastante elocuente.


Comenzó explicando que todas las personas tenemos dones y capacidades, pero que algunas nacen con sensibilidades especiales: pueden ver cosas que otros no ven, sentir lo que otros no sienten, escuchar dimensiones distintas de la realidad cotidiana.


Dijo que existían 33 dones, y que de ellos se desprendían innumerables capacidades.


Nos explicó que muchas personas viven con esas habilidades sin entenderlas, sintiéndose extrañas o confundidas, y que el propósito del lugar era ayudarlas a comprender quiénes eran y cómo poner esos dones al servicio de otros.


Hasta ahí, yo escuchaba entre curiosa y escéptica.


Pero luego empezó a hablar de algo más profundo: las tareas espirituales.


Según él, todos venimos a este plano material con ciertos propósitos pactados desde antes. No somos únicamente materia; venimos de un reino espiritual y regresamos a él.


Aclaró varias veces que no hablaba de religiosidad, sino de espiritualidad, como si quisiera marcar distancia con cualquier iglesia o doctrina.


Mencionó al maestro Jesús, habló del ángel de la guarda como un ser real que nos acompaña desde el día uno, y explicó que ellos podían canalizar esa energía para revelar información importante sobre la vida de cada persona.


Yo escuchaba todo intentando decidir si aquello me parecía fascinante, absurdo o ambas cosas al mismo tiempo.


Mientras tanto, miraba las caras de mis amigas.


Laura estaba claramente interesada. Se notaba que la llamada le confirmaba que el lugar sí tenía algo especial, o al menos algo digno de explorar.


Danna escuchaba con atención, pero también con cierta reserva. Ella viene de una familia creyente, bastante religiosa, y sentía que estaba midiendo todo lo que oía con otro tipo de referencias espirituales.


Aleja, en cambio, tenía una expresión que mezclaba incredulidad y diversión. Era la más escéptica de todas. No creía en nada de eso y no le preocupaba disimularlo.


Yo estaba en un punto intermedio.


No podía decir que creía, pero tampoco podía negar que la seguridad con la que hablaba el señor generaba algo. No necesariamente convicción, pero sí intriga.


La llamada siguió.


Nos contó que hacían reuniones el primer miércoles de cada mes donde las personas podían conectar con su ángel de la guarda, recibir respuestas e incluso mensajes de familiares fallecidos que ya estuvieran en el “reino espiritual”. Lo dijo con tanta naturalidad que por momentos parecía estar hablando de una consulta médica o una reunión de trabajo.


Después habló de sesiones privadas y de algo llamado estados profundos de conciencia, con lo que, según explicó, podían tratar bloqueos emocionales, ansiedad, depresión, trastornos alimenticios e incluso casos de esquizofrenia o bipolaridad.


También mencionó la brujería.


Dijo que la maldad existe, que hay personas que mueven energías ajenas para hacer daño, y que ellos podían quitar ese tipo de afectaciones.


Recuerdo que en ese momento pensé que la llamada se había convertido en algo mucho más grande de lo que imaginábamos. Ya no estábamos preguntando por una simple tienda. Estábamos entrando, al menos por teléfono, en todo un sistema de creencias.


Cuando le explicamos que éramos estudiantes y que queríamos hacer un trabajo universitario, cambió el tono hacia algo más práctico. Nos dijo que lo ideal sería primero hacer una visita de acercamiento, conocer el lugar, ver qué actividad podía servirnos más y luego decidir.


Eso, honestamente, nos ayudó bastante.


Nos estaba ofreciendo algo que necesitábamos: una puerta de entrada sin compromiso total.


Luego llegó el tema inevitable: el costo.


Nos explicó que una sesión de treinta minutos valía 80.000 pesos, una hora costaba 150.000, y otras experiencias más profundas eran aún más costosas.


Nos miramos entre todas.


Hubo expresiones de alarma silenciosa.


No éramos precisamente un grupo con presupuesto ilimitado, y menos para invertir esa cantidad en algo que ni siquiera sabíamos bien qué era.


Sin embargo, cuando terminó la llamada, pasó algo inesperado.


Ya no estábamos tan indecisas.


Laura estaba aún más convencida. Dana seguía dudosa, pero menos cerrada. Aleja continuaba escéptica, aunque también admitía que al menos sería interesante ver qué pasaba.


Y yo, aunque todavía tenía reservas, sentía que por primera vez teníamos algo concreto.

Un lugar cercano. Diferente. Accesible. Extraño.


Algo que nos incomodaba lo suficiente como para valer la pena, pero no tanto como para paralizarnos.


Decidimos entonces que iríamos.


Eso sí: cada una llevaría sus 80.000 pesos “por si acaso”, con la esperanza secreta de convencerlos de hacernos algo gratis por ser estudiantes.


No sabíamos exactamente a qué íbamos.


Pero por primera vez, la señal ya estaba clara.

 

Capitulo 3 – La frecuencia de Shalom

Después de tantas dudas, conversaciones, llamadas, cálculos mentales y cambios de opinión, por fin llegó el día.


Era viernes.


Y no sé por qué, pero sentía que era el día perfecto para hacerlo. Tal vez porque ya no había más tiempo para seguir aplazando la decisión. Tal vez porque después de tantas semanas de incertidumbre, necesitábamos que algo por fin ocurriera.


Llegué alrededor de las once de la mañana a la universidad para encontrarme con mis amigas, que todavía salían de clase. Éramos Laura, Dana, Aleja y yo. Pero, como suele pasar con los planes universitarios, el grupo empezó a expandirse.


Primero llegó Majo, quien técnicamente iba “de colada”. Ella ya había visto la materia, así que no necesitaba hacer la salida, pero quiso acompañarnos para ver con qué nos salíamos, cómo nos iba y qué tan extraño resultaba todo aquello.


Y luego apareció el invitado más inesperado de todos.


Esa misma mañana, como a las nueve, me escribió Juan Camilo.


“Hola Sarita, ¿qué vas a hacer hoy? Estoy aburrido y no sé qué hacer con mi vida”.


No sé si fue impulso, generosidad o ganas de hacerlo aún más absurdo, pero le respondí:


—Vamos a una salida de investigación… si quieres acompañarnos, vamos.


Y él, sin pensarlo mucho, respondió:


—Ah bueno, hágale.


Así que de repente ya no éramos cuatro ni cinco.


Éramos seis.


Eso convirtió el trayecto en una experiencia aparte.


Nos fuimos en el carro de Laura, porque descubrimos que la tienda quedaba muy cerca de donde ella vivía. El único problema era que el carro no estaba diseñado, bajo ninguna lógica razonable, para transportar a seis universitarios con bolsos, ansiedad y expectativas extrañas.


Parecía carro de circo como se ve cuando entras a este link.


Éramos demasiadas personas metidas en un espacio demasiado pequeño. Las cinco primeras aún podían fingir cierta comodidad. La sexta, inevitablemente, tenía que ir encima de alguien, recostada entre piernas ajenas, bolsos y puertas que apenas cerraban.


El trayecto entre la universidad y la casa de Laura fue caótico y muy gracioso.


Nos reíamos de lo incómodo que era todo, de cómo nadie podía respirar bien, de cómo cada curva se sentía como una negociación física entre cuerpos comprimidos.


Cuando por fin nos bajamos, estábamos adoloridos, acalambrados y emocionalmente desgastados.


Pero todavía faltaba lo principal.


Dejamos unas cosas, descansamos un momento y luego, vencidas por la pereza de caminar, volvimos a subirnos al carro para ir hasta la tienda.


Una cuadra antes encontramos parqueadero, dejamos el carro y seguimos a pie.


No sabíamos bien qué íbamos a encontrar.


Y creo que ninguna estaba preparada para lo primero que sentimos.


La tienda quedaba en medio del centro de Chía, rodeada de carros, ruido, gente caminando deprisa y ese caos típico de cualquier zona comercial. Todo afuera estaba cargado de movimiento, de afán, de estímulos.


Pero apenas cruzamos la puerta, cambió algo.


No sé si yo fui la única que lo sintió al instante, pero luego confirmé que no.


El espacio era completamente distinto.


Paredes blancas. Luces blancas. Orden absoluto. Un silencio extraño. Una iluminación limpia, casi clínica, pero cálida al mismo tiempo. Todo se sentía despejado. Sin saturación visual. Sin ruido emocional. Como en la figura 1 y 2.


Figura 1- Interior Tienda Shalom Bishmillah


Figura 2 - Interior Tienda Shalom Bishmillah

 

Y sentí una paz inmediata.


No una paz exagerada o mística. Más bien una sensación real de descanso. Como si alguien hubiera bajado el volumen del mundo de golpe.


Veníamos tensos. Algunas estresadas por trabajos, otras preocupadas por llegar tarde, otras simplemente cargadas por la semana. Pero al entrar, algo se relajó.


Lo noté en mí.


Y también en los demás.


Juanca, que había llegado serio y como drenado por la vida, cambió completamente el gesto. Majo y Danna también se relajaron. Aleja seguía más rígida, más alerta, quizá porque era la más escéptica del grupo y estaba observando todo con cautela.


Laura y yo nos miramos.


Esa mirada silenciosa de: ¿Tú también sentiste esto?


Y sí.


Las dos lo habíamos sentido.


El señor nos reconoció de inmediato.


—Ah, ustedes son los estudiantes de La Sabana.

Nos pidió un momento mientras terminaba de atender a otra persona, así que aprovechamos para explorar.


Yo me había imaginado muchas versiones posibles de esa tienda, pero ninguna se parecía a la realidad.


No era oscura. No era recargada. No tenía la estética cliché que uno asocia con lo esotérico.


Era limpia. Organizada. Serena.


Había estanterías con figuras espirituales, imágenes simbólicas, inciensos, accesorios, objetos que no sabía nombrar y ramas secas que parecían rituales comprimidos en forma vegetal.


También había una pequeña zona de café, como si además de buscar respuestas uno pudiera sentarse a tomarse algo caliente. Como se muestra en la figura 3 y 4.

 

Figura 3 - Joyas y accesorios


Figura 4 - Inciensos

 

Eso me sorprendió mucho.


Porque hasta ese momento yo seguía asociando estos lugares con algo improvisado, dudoso o directamente falso.


Pero ese sitio no se sentía así.


Se sentía pensado.


Cuando el señor terminó de atender a la persona con la que estaba, se acercó nuevamente a nosotras con una actitud tranquila, como si ya supiera que habíamos llegado cargadas de preguntas. Nos invitó a acercarnos más al mostrador y comenzó a hablarnos con esa seguridad particular que tienen algunas personas cuando creen profundamente en lo que hacen.


No hablaba como alguien que intenta vender un producto.


Hablaba como alguien que está convencido de estar prestando un servicio importante.


Eso fue lo primero que me llamó la atención.


Desde el inicio retomó varias de las cosas que ya nos había dicho por llamada, pero esta vez cara a cara todo sonaba distinto. En una llamada uno escucha palabras; en persona también percibe tonos, gestos, silencios, miradas. Y todo eso cambia el mensaje.


Nos explicó que la tienda no debía entenderse como un lugar religioso. Hizo mucho énfasis en esa diferencia. Decía que una cosa era religiosidad y otra espiritualidad.


Según él, la religiosidad muchas veces se queda en normas, instituciones y formas externas; mientras que la espiritualidad tiene que ver con la esencia de cada persona, con su energía, con la razón por la cual vino a este mundo.


Ese contraste lo repetía bastante, como queriendo marcar una distancia con iglesias tradicionales o doctrinas cerradas.


Nos habló entonces de los dos grandes propósitos del lugar.


El primero era acompañar a personas que nacen con cierta sensibilidad especial: personas que sienten más de lo normal, que perciben cosas que otros no perciben, que tienen intuiciones fuertes, sueños recurrentes, presencias extrañas o una conexión especial con el sufrimiento ajeno.


Según él, muchas personas cargan eso toda la vida creyendo que “hay algo raro en ellas”, cuando en realidad lo que tienen son dones no comprendidos.


El segundo propósito era ayudar a las personas a descubrir sus tareas espirituales.


Esa expresión me quedó sonando desde la llamada y en persona todavía más.


Nos explicó que antes de nacer, cada alma pacta ciertos aprendizajes, ciertos retos, ciertos vínculos y ciertas pruebas necesarias para avanzar espiritualmente. Nacer no sería un accidente, sino una decisión dentro de un proceso más amplio.


Venimos, según él, a limar imperfecciones del espíritu, a reparar cosas pendientes y a crecer a través de la experiencia humana. 


Mientras hablaba, yo lo escuchaba entre fascinada y alerta.


Fascinada porque el discurso estaba estructurado, tenía coherencia interna y una lógica propia.


Alerta porque también sabía que muchas ideas pueden sonar convincentes sin necesidad de ser verdaderas.


Pero justo ahí estaba lo interesante.


No importaba solamente si yo creía o no.


Lo importante era entender cómo funcionaba ese universo simbólico para quienes sí creen.


Eso era parte del ejercicio etnográfico.


Nosotras no estábamos ahí para burlarnos ni para convertirnos. Estábamos ahí para observar, escuchar y comprender.


En un momento volvió a mencionar algo que ya había dicho por teléfono: los 33 dones.


Le preguntamos qué significaba eso exactamente.


Nos respondió que existen dones principales, y que de ellos se desprenden muchas otras capacidades. Algunos tienen que ver con sensibilidad energética, otros con sanación, otros con intuición, otros con palabra, protección, liderazgo espiritual o percepción de planos más sutiles.


Nos dijo que no todas las personas nacen con la misma intensidad de esos dones, pero sí que todos tenemos alguno.


Eso me pareció importante.


Porque no planteaba una división entre “personas especiales” y “personas comunes”, sino una escala de sensibilidad donde todos participaríamos en distinto grado.


También explicó que muchas veces esos dones se bloquean por miedo, trauma, incredulidad, entornos hostiles o por no saber manejarlos.


Según él, alguien puede pasar años sintiéndose ansioso, confundido o fuera de lugar, cuando en realidad lo que tiene es una capacidad desordenada.


Dana escuchaba con muchísima atención.


Aleja tenía la clásica cara de “esto me parece raro pero no quiero perder detalle”.


Majo estaba entre divertida e intrigada.


Laura parecía cada vez más convencida de que habíamos elegido bien.


Y yo seguía en ese punto intermedio donde uno no sabe si tomar apuntes mentales o pedir pruebas.


Después la conversación tomó otro rumbo.


Nos habló de los bloqueos.


Dijo que muchas personas llegan al lugar sintiendo que nada les sale bien: relaciones que fracasan, dinero que no rinde, ansiedad constante, cansancio sin explicación, tristeza prolongada o una sensación de estar “cerrados”.


Según él, algunas veces eso tiene causas emocionales normales, pero otras veces responde a movimientos energéticos externos.


Luego mencionó algo que nos dejó mirándonos entre todas:


La maldad existe.


Lo dijo con una naturalidad absoluta.


Explicó que hay personas que manipulan energía ajena para hacer daño, por envidia, rabia o resentimiento. Que eso popularmente se llama brujería, aunque para él el término se queda corto frente a lo que realmente ocurre.


Y afirmó que parte de su trabajo consiste en limpiar ese tipo de afectaciones a través de procesos específicos. 


Yo no sabía si impresionarme más por el contenido o por la tranquilidad con la que lo decía.


No hablaba desde el drama.


Hablaba como quien describe una tarea cotidiana.


Eso generaba un efecto curioso: hacía sonar extraordinario como si fuera normal.


También nos contó que muchas personas llegan llorando.


Personas que se sienten perdidas, desesperadas, sin respuestas.


Nos dijo que a veces la gente no necesita tanto una solución mágica como sentirse escuchada por alguien que les diga que todavía hay salida.


Eso me hizo pensar bastante.


Porque más allá de creer o no en ángeles, dones o limpiezas energéticas, sí es cierto que muchísima gente vive cargando dolores para los que no encuentra lenguaje. Y lugares como ese ofrecen precisamente eso: un lenguaje para el sufrimiento.


Si a alguien le dicen “lo tuyo no es fracaso, es bloqueo”, ya no se siente condenado.


Si a alguien le dicen “tu dolor tiene propósito”, el dolor cambia de forma.


Si a alguien le dicen “no estás solo, tu ángel te acompaña”, la soledad disminuye.


Ahí entendí que estos espacios no funcionan solo por misterio.


Funcionan también porque responden a necesidades humanas reales.


En medio de todo eso, también empezamos a preguntar más.


Queríamos entender si la gente iba por curiosidad o por necesidad.


Nos respondió que ambas.


Hay personas que llegan por recomendación, otras por desesperación, otras por simple curiosidad y terminan encontrando cosas que no esperaban. También dijo que muchos escépticos entran riéndose y salen pensando.


Aleja se rió cuando dijo eso.


Yo creo que se sintió aludida.


Preguntamos también si alguna vez se equivocaban.


Contestó que sí, porque nadie es perfecto y porque también depende de qué tan abierta esté la persona. Dijo que si alguien llega completamente cerrado, hostil o burlándose, la conexión se dificulta.


Ese argumento me pareció interesante porque, de alguna manera, protegía el sistema frente al error: si funciona, valida el método; si no funciona, la persona estaba cerrada.


Lo noté, aunque no lo dije.


Fue entonces cuando preguntamos por el tarot angelical.


Y aquí pasó algo curioso: quien más insistió fue Aleja.


La más incrédula.


Eso me hizo pensar que el escepticismo muchas veces no es ausencia de interés, sino una forma distinta de acercarse.


El señor nos explicó que ese tarot no era como el tarot tradicional que mucha gente asocia con adivinación o predicciones fatalistas. Según él, se trataba de una herramienta de orientación donde los mensajes vienen acompañados por energía angélica y sirven para mostrar lo que la persona necesita trabajar o recordar.


Luego llamó a su esposa.


Y desde que ella apareció, el ambiente cambió.


Tenía una presencia muy serena, una forma de hablar amable pero firme, como si estuviera acostumbrada a tratar con gente nerviosa, confundida o incrédula.


Nos saludó una por una.


Nos miró con detenimiento.


Y fue ahí cuando ocurrió lo de mi mamá Rosa.


Nos preguntó si la mamá de alguna tenía nombre de flor.


El tiempo se frenó un segundo.


Yo respondí que sí, que la mía se llamaba Rosa.


A partir de ahí comenzó a hablar de mi línea materna, de una mujer muy religiosa, de dones relacionados con salud y sanación, y de una sensibilidad heredada por el lado femenino de la familia. 


Yo no sabía cómo reaccionar.


Porque no me estaba hablando en términos vagos tipo “veo una energía fuerte”. Estaba nombrando cosas específicas que me tocaban directamente.


Y aunque una parte racional de mí buscaba explicaciones —azar, lectura corporal, intuición, probabilidad— otra parte estaba genuinamente impactada.


Mis amigas estaban igual.


Aleja, especialmente, me miraba como esperando que yo confesara que todo estaba montado.


Pero no había montaje.


Yo tampoco entendía nada.


La señora luego explicó que a veces recibe mensajes como imágenes, sensaciones o palabras internas que debe transmitir. Que no siempre entiende por qué llegan ciertas cosas para ciertas personas, pero aprende a confiar en lo que percibe. 


Ahí sentí algo muy particular.


Yo no estaba solo observando una práctica espiritual ajena.

También me estaba observando a mí misma reaccionando frente a ella.


Mi necesidad de pruebas.


Mi deseo secreto de que algo inexplicable sí exista.


Mi impulso automático de dudar.


Mi fascinación cuando algo no encaja del todo en mis categorías.


Eso volvió la experiencia mucho más profunda de lo que esperaba.


Porque la etnografía ya no era solo mirar al otro.


También era verme a mí mirando al otro.


Luego de toda la conversación, cuando ya sentíamos que habíamos escuchado suficientes conceptos nuevos como para procesarlos durante una semana entera, la señora nos miró y nos propuso algo inesperado:


—¿Quieren intentarlo?


Nosotras nos miramos entre sí. Había curiosidad, emoción y también una preocupación bastante terrenal, así que antes de cualquier reacción espiritual hicimos la pregunta más universitaria posible:


—¿Y eso tiene costo?


Ella soltó una pequeña risa, como si ya esperara esa pregunta.


Nos dijo que no, que lo hiciéramos ahí mismo, como parte de la experiencia, sin cobrarnos nada.


En ese instante todas sentimos un alivio inmediato.


Los 80.000 pesos de emergencia que llevábamos “por si acaso” podían seguir guardados.


No tuvimos que negociar, no tuvimos que convencer a nadie, no tuvimos que decidir entre la experiencia espiritual y la quincena.


Simplemente iba a pasar.


La señora se levantó y fue por las cartas.


Volvió con una baraja grande y bastante llamativa. Nos explicó que no se trataba de un tarot tradicional enfocado en predecir el futuro, sino de un tarot angelical, compuesto por 72 mensajes orientadores.


Según ella, las cartas no venían a decirte si te ibas a casar, si ibas a ganar dinero o si te ibas a encontrar el amor de tu vida al salir de la tienda. Venían a mostrar lo que necesitabas escuchar en ese momento, lo que debías trabajar o recordar. 


Esa diferencia me pareció importante.


No era adivinación.


Era interpretación.


Y eso cambia mucho las cosas.


Participamos Majo, Danna, Laura, Aleja y yo.


Nos explicó la dinámica: debíamos revolver mentalmente nuestras energías con la baraja, concentrarnos y luego, sin mirar demasiado, escoger la carta que sintiéramos que nos llamaba.


La palabra que más repetía era sentir.


No pensar.


No calcular.


Sentir.


Eso para mí ya representaba un pequeño reto, porque yo suelo analizar demasiado todo. Hasta para elegir una carta me daban ganas de buscar lógica donde claramente no la había.


Majo fue primero. Luego Danna. Después Laura.


Cada una recibía su mensaje y reaccionábamos entre risas nerviosas, atención genuina y comentarios entre nosotras.


Pero cuando llegó mi turno, algo cambió en mí.


No sé si era porque ya venía impactada por lo que había pasado con lo de mi mamá Rosa, o porque en el fondo sí quería saber qué iba a salir. Lo cierto es que sentí una mezcla muy extraña entre juego y tensión.


Extendieron las cartas frente a mí.


Las miré.


Había muchas.


Demasiadas.


Pensé por un segundo en escoger cualquiera rápido para salir del paso, pero la señora me dijo que me tomara mi tiempo. Que respirara. Que dejara que la carta “me llamara”.


No sabía si eso realmente ocurría, pero igual lo hice.


Pasé la mano lentamente por encima de varias cartas hasta que una me generó una sensación rara, no exactamente energía, sino impulso. Como ganas de coger esa y no otra.


La saqué.


Se la entregué.


La señora la observó y empezó a hablar.


Primero dijo que veía una persona muy trabajadora. Alguien constante, que no se rinde fácil, que carga muchas responsabilidades y que suele exigirse bastante. Dijo también que iba por una buena línea, que debía seguir estudiando, preparándome y construyendo cosas para mi futuro.


Mis amigas inmediatamente empezaron a mirarme.


Porque sí.


Eso sonaba bastante a mí.


Después dijo que se veía una energía de esfuerzo que iba a dar frutos, pero que también debía aprender a no cargar todo sola, a confiar más y a no vivir únicamente desde la preocupación.


Eso me tocó más de lo que esperaba.


Porque muchas veces sí me siento así: pensando en todo, intentando resolver todo, exigiéndome incluso cuando nadie me lo está pidiendo.


Pero luego vino la parte que más me desarmó.


Mencionó que la carta estaba relacionada con el arcángel Ariel, y que una de sus energías principales tenía que ver con la naturaleza, la salud y especialmente la protección de los animales.


En ese momento varias soltaron un:


—Nooo…


Porque todas mis amigas saben cuánto amo a los animales.


Yo soy de esas personas que se detienen a saludar perros en la calle, que sufren viendo animales abandonados, que sienten que cualquier casa mejora automáticamente si tiene mascotas.


Tengo tres perros, dos gatos y una tortuga.


Y eso claramente no lo sabía nadie en ese lugar.


Yo me quedé callada, pero por dentro estaba procesando muchísimo.


La señora siguió diciendo que veía una sensibilidad especial hacia seres vulnerables, una tendencia a cuidar, a proteger, a preocuparse por otros incluso antes que por mí misma.


También mencionó que venía de un linaje femenino relacionado con sanar y sostener, algo que conectaba con lo que me había dicho antes sobre mi familia materna.


Mis amigas me miraban sorprendidas.


Y no era por cortesía.


Era porque genuinamente varias cosas coincidían.


Laura tenía cara de “yo sabía que esto iba a estar bueno”.


Danna estaba impresionada en silencio.


Majo sonreía como quien disfruta ver cómo otra persona entra en crisis existencial.


Y Aleja, la más escéptica, estaba desconcertada.


Creo que esa reacción de ellas también intensificó lo que yo sentía. Porque una cosa es que a uno le digan algo y otra muy distinta es ver a quienes te conocen confirmar con la cara que sí tiene sentido.


No voy a decir que en ese momento me convertí automáticamente en creyente absoluta de todo.


Pero sí sentí un golpe fuerte a mis certezas.


Porque yo había entrado pensando que probablemente todo sería genérico, ambiguo, fácilmente aplicable a cualquiera.


Y aunque algunas cosas podían entrar en eso, otras me tocaron de una forma demasiado específica como para ignorarlas del todo. Las cartas que le toco a cada una se muestran en la figura 5.


Figura 5 - Cartas


Cuando terminamos, ya era tarde.


Eran cerca de las seis de la noche y Aleja tenía que devolverse a Bogotá, lo cual inmediatamente convirtió el final de la experiencia en una preocupación logística. Ya no solo estábamos procesando revelaciones espirituales, también tocaba pensar en rutas, transporte y seguridad.


Nos despedimos rápido.


Agradecimos.


Salimos del lugar.


Y yo sentía que no escuchaba nada.


Iba caminando con el grupo, pero internamente seguía adentro. Seguía en la silla. Seguía viendo la carta. Seguía pensando en Rosa, en Ariel, en los animales, en mi familia, en lo que coincidió y en lo que no entendía.


No sabía si lo que había vivido era espiritual, psicológico, sugestivo, simbólico o una mezcla de todo.


Tal vez nunca lo sabré del todo.


Pero sí sabía algo con absoluta claridad:


Había entrado creyendo que todo eso era falso.


Creyendo que esos lugares solo existían para sacarle plata a la gente, decir frases vacías y aprovecharse de personas vulnerables.


Y salí sin poder sostener esa idea con la misma seguridad.


No porque ahora creyera ciegamente en todo.


Sino porque había experimentado algo que no podía descartar tan fácilmente.


Quizá sí existen personas con una intuición extraordinaria.


Quizá algunas leen gestos, energías o emociones de formas que no entendemos del todo.


Quizá la necesidad humana de creer abre puertas reales dentro de nosotros.


Quizá lo simbólico también sana.


Quizá la verdad no siempre cabe en una sola explicación.


No lo sé.


Lo único seguro es que valió completamente la pena ir.


Porque a veces la etnografía no consiste en confirmar lo que uno piensa.


Consiste en descubrir que uno pensaba demasiado pequeño.

 

Capitulo 4 – Después de apagar la radio

Después de toda la experiencia, y ahora que escribo esto con más distancia, me doy cuenta de que hay lugares de los que uno sale físicamente, pero no mentalmente.


De la tienda salimos ese mismo día.


Pero de lo que pasó allá, yo me demoré bastante en salir.


Durante días seguí pensando en cada detalle: en la entrada, en la sensación de calma apenas cruzamos la puerta, en la conversación con el señor, en la manera tan segura en la que hablaban de dones, energías y tareas espirituales, en la reacción de mis amigas, en las cartas, en las coincidencias y, sobre todo, en lo que me dijeron a mí.


Hubo algo que se me quedó dando vueltas más que todo lo demás.


Lo del supuesto don relacionado con la salud, el cuidado y la sanación que venía por el lado materno de mi familia.


Al principio lo pensé con escepticismo, como todo lo demás. Pero entre más lo recordaba, más inevitable se volvía conectarlo con historias reales de mi familia.


Cuando llegué a mi casa y les conté lo sucedido, todos reaccionaron entre risa, sorpresa e intriga. Pero luego la conversación cambió de tono cuando mencioné específicamente esa parte.


Mi mamá se quedó pensativa.


Porque, si uno quisiera verlo desde esa perspectiva, ella misma representa una historia fuerte de resistencia y recuperación.


Hace ya siete años logró vencer el cáncer.


Y no solo eso: también recuperó el olfato y el gusto que había perdido por completo.


Escuchar eso en voz alta, después de lo que me dijeron en la tienda, hizo que en mi familia por un momento nadie se burlara.


Todos se quedaron pensando.


No sé si sea un don.


No sé si sea coincidencia.


No sé si simplemente estamos buscando sentido donde lo necesitamos.


Pero sí sé que tocó algo sensible dentro de nosotros.


Y a veces eso también importa.

 

Otra cosa interesante fue ver cómo una misma experiencia puede ser completamente distinta según la persona que la vive.


Porque fuimos juntas.


Escuchamos casi lo mismo.


Estuvimos en el mismo lugar.


Y aun así, cada una salió con una lectura diferente.

 

Cada persona vivió la experiencia del tarot de forma distinta. 


  • Danna quedó en un punto medio: algunas cosas le resonaron y otras no, sin creer del todo ni descartarlo. 

  • Laura salió bastante sorprendida, especialmente por lo que pasó con la narradora, ya que la experiencia superó sus expectativas. 

  • Aleja mantuvo una postura escéptica y crítica, pues casi nada la convenció, aunque también quedó impactada con lo sucedido a la narradora. 

  • Majo lo disfrutó como algo entretenido y diferente, viviéndolo con más ligereza al no buscar conclusiones profundas.

  • Juan Camilo asistió por aburrimiento y aportó un tono cómico, más preocupado por el sueño que por cuestionar la realidad.

 

Cuando todo terminó y ya salimos del lugar, hubo una transición muy curiosa.


Pasamos de hablar de ángeles guardianes, linajes espirituales, dones heredados y mensajes simbólicos…


A entrar a un OXXO a comprar comida porque no habíamos almorzado nada en todo el día.


Ese contraste me encanta recordarlo.


Hace cinco minutos estábamos intentando entender el reino espiritual.


Y diez minutos después estábamos devorando mecato con hambre acumulada.


Volvimos de lo místico a lo humano de la manera más rápida posible.


Compramos lo primero que encontramos, comimos como si lleváramos tres días perdidos y nos empezamos a reír de todo lo que había pasado.


Ya con comida encima, todo parecía aún más surrealista.

 

Si me preguntaran hoy si creo completamente en todo lo que escuché allá, respondería que no lo sé.


Y creo que esa es la respuesta más honesta.


No salí convertida en experta espiritual.


Pero tampoco salí igual de cerrada que como entré.

Salí entendiendo que existen mundos simbólicos que muchas veces juzgamos sin conocer. Que hay personas que encuentran consuelo, dirección o sentido en lugares que otros ridiculizan. Que la fe, la intuición, la energía o como quiera llamarse, ocupan un espacio real en la vida de muchas personas.


Y también entendí algo sobre mí.


Yo pensaba que iba a observar a otros.


Pero terminé observándome a mí misma: mis prejuicios, mis miedos, mi curiosidad y mi necesidad de entenderlo todo antes de permitir que algo me sorprenda.


Por eso, al final, la salida de campo no fue solo sobre una tienda de radiestesia.


Fue sobre abrir una puerta que yo misma tenía cerrada.


Y aunque no sé si encontré respuestas definitivas, sí encontré algo igual de valioso:


Una buena pregunta.


¿Y si la realidad es más amplia de lo que creemos?

 
 
 

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