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Semana 1 - El principio de todo

  • 2 feb 2025
  • 4 Min. de lectura

Después de unas increíbles y productivas vacaciones, llegó el momento más temido pero emocionante, regresar a la universidad. Era lunes, y como de costumbre, iba corriendo hacia el salón, convencida de que llegaba tarde. Para mi alivio, ni siquiera habían salido los estudiantes de la clase anterior, así que todavía tenía tiempo para respirar y fingir que todo estaba bajo control.

En el pasillo, había un grupo de compañeros charlando animadamente mientras esperaban. Por suerte, reconocí a la mayoría de ellos, lo cual fue como ver a viejos aliados después de una larga batalla: esa sensación de camaradería que te tranquiliza en un ambiente nuevo. Algunos me saludaron con entusiasmo, mientras otros parecían más concentrados en sus teléfonos o en disimular el cansancio que el lunes ya había traído.

Cuando finalmente nos dejaron entrar, todos fuimos buscando un asiento como si estuviéramos jugando a las sillas musicales, tratando de encontrar el lugar perfecto para pasar desapercibidos o, en algunos casos, para socializar estratégicamente. Algunos saludaban efusivamente a quienes estaban cerca, mientras otros simplemente se lanzaban hacia las últimas filas, territorio reservado para los que prefieren observar antes de participar.

Poco después, llegó el profesor con una sonrisa y una actitud relajada que inmediatamente rompió la tensión inicial. "Este se ve chévere", pensé, lo cual me tranquilizó bastante. La clase comenzó con una dinámica que el profesor propuso para romper el hielo y ayudarnos a conocernos mejor.

Nos explicó que íbamos a participar en un juego de un reloj de citas. La dinámica, aunque parecía simple, tenía un toque ingenioso: cada uno debía llenar las horas de un reloj dibujado en papel con los nombres de compañeros con quienes quisiéramos reservar una cita. Por ejemplo, Sofía llegó primero y me propuso que nuestra cita fuera a las 12, y acepté. Así continuamos hasta que cada hora estuviera ocupada.

Lo que siguió fue un caos organizado, pero divertido. Nos dieron 10 minutos para socializar y organizar todas las citas, y de repente el salón se convirtió en una especie de mercado persa: todos corríamos de un lado a otro buscando a alguien con la misma hora disponible. Algunos gritaban cosas como: "¿Quién tiene las 3? ¡Necesito las 3!" mientras otros, los rezagados, parecían estar atrapados en un laberinto tratando de acomodar sus citas en un reloj ya casi lleno. Había risas, bromas y hasta un poco de presión por parte de algunos que se sentían más competitivos al intentar completar su reloj antes que los demás.

Una vez que todos logramos llenar nuestras horas, el profesor nos explicó que durante cada "cita" debíamos hacer una pregunta específica. Las preguntas iban desde cosas simples, como qué hicimos durante las vacaciones o cuál fue el último libro que leímos, hasta otras más inesperadas y un poco incomodas para algunos, como cuál fue nuestra última mentira, un momento vergonzoso que hubiéramos vivido, o qué impresión tendríamos de alguien dependiendo de sus redes sociales. Estas preguntas nos permitieron conocernos en un nivel más profundo y, al mismo tiempo, provocaron carcajadas y comentarios graciosos.

Algunos compañeros aprovecharon para destacar su creatividad con respuestas ingeniosas, mientras que otros se tomaron las preguntas más en serio, compartiendo anécdotas personales que hicieron que el ambiente se volviera mucho más cercano y ameno. Al final del ejercicio, el salón estaba lleno de risas y sonrisas. Todos parecíamos haber olvidado el estrés inicial de regresar a clases, y el ambiente era mucho más relajado. Fue como si ese simple juego hubiera derretido el hielo más grueso, convirtiendo al grupo en una comunidad de cómplices dispuestos a enfrentar el semestre juntos.

Después de completar el juego del reloj, pasamos a una actividad más formal, presentarnos individualmente. Cada uno compartió su nombre, programa académico, lo que sabía o esperaba de la clase y sus hobbies. Este proceso tomó más tiempo del esperado porque, al principio, muchos de nosotros estábamos un poco nerviosos o tímidos. Sin embargo, conforme avanzábamos, el ambiente se fue relajando.

 

Lo interesante de esta dinámica fue descubrir cosas inesperadas sobre nuestros compañeros. Algunos tenían talentos únicos, como tocar instrumentos raros o practicar deportes no muy comunes, mientras que otros hablaban con mucha pasión de sus hobbies, como la fotografía, la escritura o incluso actividades curiosas como cocinar o hacer voluntariados. Hubo un momento especialmente gracioso cuando un compañero confesó, entre risas, que lo habían metido a la cárcel por un día debido a un malentendido. Su habilidad para contar la historia hizo que todos termináramos muertos de la risa.

Una vez que todos terminamos nuestras presentaciones, el profesor tomó la palabra para darnos un resumen general de lo que sería el semestre. Nos habló de los temas principales que íbamos a explorar, nos explicó las actividades y proyectos que desarrollaríamos.

Finalmente, antes de despedirnos, el profesor nos dejó con una pequeña tarea para la siguiente clase: escribir un resumen de 1.000 palabras sobre lo que hicimos en esta primera clase. Fue una forma curiosa de cerrar la clase, ya que todos bromeábamos sobre la ironía de tener que escribir tanto sobre un solo día.

Con esta primera clase superada, era inevitable pensar en lo que nos esperaba en las próximas semanas. Si el resto del semestre tenía la misma energía y creatividad que este inicio, parecía que nos aguardaban momentos emocionantes, pero también desafiantes.

Mientras salía del salón, una mezcla de emociones me acompañaba; curiosidad, nervios y una pizca de entusiasmo por lo que vendría en el futuro. De las dieciséis clases que teníamos por delante, esta fue solo la primera, y ya había dejado una buena impresión. Ahora solo quedaba esperar y ver qué más sorpresas nos traería el último curso de teorías de la comunicación.

Si algo era seguro, es que esta vez no sería un semestre más: las risas, las historias y las conexiones que empezaron a formarse en esa primera jornada serían el motor para aprender, reflexionar y, tal vez, disfrutar un poco del camino. ¡Que empiece la aventura académica sin caer en el intento! Yo puedo.

 
 
 

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